Al hacerse el silencio
(y siempre antes del sollozo)
permanezco sentado en ésta,
mi silla,
para mantener un rabioso diálogo
junto a mis dos almas gemelas;
Extrovertido, se llama la una,
Introvertido, gusta llamarse la otra.
Extrovertido habla sin parar, gesticula aún más, grita, gimotea, sacude la cabeza.
Introvertido… más o menos igual.
Mientras tanto,
yo los observo,
y me paro a pensar en este día,
que ahora os voy a relatar.
Hoy, después del trabajo,
he paseado con Extrovertido.
Me ha llevado,
como es habitual en él,
justo por el medio de la multitud
y me ha presentado a otros tocayos suyos
(demasiados para mi costumbre).
Hemos hablado de lo público,
de lo privado.
De lo que se dice,
de lo que se suele hacer.
¡Vaya disertación!
Al finalizar el paseo,
Extrovertido,
(un tanto agobiado según mi percepción),
me ha invitado a jugar a los bolos.
Es un buen lugar, me ha dicho.
Cansados y agotados hemos vuelto a casa.
Introvertido nos ha recibido
riendo sin parar,
y al verlo,
he recordado aquella tarde
cuando me confesó:
"Querido amigo, soy así,
tan sólo,
por decisión propia,
simplemente,
por pura convicción.
Soy tan feliz ahora
como cuando salgo a la calle
sencillamente para mezclarme".
Son Introvertido y Extrovertido
mis dos almas gemelas.
Y ahora,
como todas las noches,
al hacerse el silencio,
percibo un sollozo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario