
Si observáramos el océano como un enorme vacío,
quizás,
nuestra percepción de la tierra,
modificaría esta horrible sensación de existir,
y, así de esta forma,
aprenderíamos a volar,
tan sólo por la única necesidad
de no volver,
de no sentir,
de poder no ser.
Pero, el océano se nos presenta como mar,
azul y sólido,
lejos de la fragilidad de una gota de agua,
lejos del fluir de una catarata,
lejos de la agilidad de una ola
y
cerca de una enorme mole de cemento
que cada día
(cada verano)
nos acaricia los pies,
esperando el momento de
engullirnos
y
ya no poder volver
ya no poder volar,
no poder decirte que he estado aquí
pensando en todos,
pensando en
ti.
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