
Frente a un amanecer cualquiera,
saboreando el perfume de la tierra humedecida por el rocío,
oyendo el soplo del aire al mecer la copa de los árboles
y un diminuto pajarito que surca el cielo con sus alas bien extendidas.
Es demasiado temprano
como para preocuparse de la vida.
Sólo es momento para contemplar
lo que se exhibe ante mis ojos.
Mis ojos como nexo natural.
Mis sentidos como absorventes decididos
a emborracharse de paz
(una paz que pronto termina).
De nuevo un pajarito vuelve a surcar el cielo.
De nuevo el soplo del aire refresca la mañana,
mientras el rocío se sumerge en la húmeda tierra.
De nuevo un amanecer que finaliza.
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