
… a Lisboa
Hacía tiempo
que los sonidos de terciopelo
no acariciaban mis oídos.
Hacía ya tiempo
que no percibía
el sentimiento en saudade.
Hacía demasiado,
demasiado tiempo,
como este mismo que dejo pasar,
que la bella Lisboa
no se me presentaba cercana.
Tan cercana,
como este anciano tranvía
que vuelvo a dejar,
día a día,
noche tras noche.
Ahora sólo habita
en mi memoria
ese justo instante
detenido en A Brasileira
junto el aroma del último café
que sorbió alguien,
heterónimo de Fernando Pessoa.
Ahora sólo habita
en mi recuerdo
el empedrado de un fado
cerca de Chiado o Alfama,
mientras vislumbro
la grieta, ya indemne,
de aquel terremoto
que sacudió todo su cuerpo.
Ahora sólo deseo
el poder saborear un ápice
de ese perfume
que desprenden las brumas del cansado Tejo,
allá en Praça do Comerço.
Ahora sí,
quiero trepar a tu vetusto tranvía
y estrecharte en mis brazos.
Aunque sólo sea para
percibir tu tiempo,
sentir tu saudade,
oír tu fado,
respirar tu río.
Y nunca más olvidar que
vivo junto a ti,
siendo tan fácil
experimentarte
como lo es
el sencillo pliegue en un mapamundi.
Hacía tiempo que no leía un poema tan bello.
ResponderEliminarNunca he estado allí, nunca fui donde no fuera preciso, pero no sé por qué intuyo que a Lisboa vale la pena un viaje sin compromiso, tal vez para encontrar ese lado de mi rostro que piensa en el Atlántico y presenciar los incendios de un atardecer sofocado en el océano.
Me siento afortunado por ver cómo mis palabras escritas son correspondidas por hermosos y sinceros comentarios.
EliminarGracias amigo.
Yo tampoco estuve nunca en Lisboa, pero cuando la palabra es justa, es bella, nos invita a la inconcreción, a ese punto en que el poema nos habla de cualquier ciudad, de cualquier plaza, de cualquier café o de cualquier río. El buen poema tiene el don de la versatilidad sin límites.
ResponderEliminarReitero lo dicho en la anterior respuesta.
Eliminar