
… a Gabriel García Márquez,
como era necesario
Era un pueblo de barro y cañabrava donde escribir…
Ella, simplemente, se sentó en la puerta de su casa para ver pasar a aquel coronel, y recordar que, muchos años atrás, fue a conocer el hielo con impertérrita mirada.
Tenía quien le escribiera un pliego…
Ella se sentó en la puerta de su casa y lo vio pasar, esta vez con el hielo por rostro y un pescadito de oro reluciente balanceándose sobre su cuello. Un cuello, rematado por la espalda con un rabo de cerdo, muestra de estirpe por cien años.
Tenía quien le escribiera una carta...
Ella se sentó en la puerta de su hogar e interpeló a la sombra que vagaba, desde hacía tiempo, por ese mundo, medio real, medio ficción. Y así, gracias a esta visión, advirtió que las leyendas existen, aunque resistan mejor en la memoria de cada cual.
Tenía quien le escribiera un libro...
Ella, solamente, se sentó bajo el dintel de la puerta de su casa con la simple y llana intención de poder regresar a su interior cuando el calor diera paso al frío, un frío cálido de otoño. Como aquel otoño en que apareció el patriarca a lomos de aquel recordado perro de mirada celeste.
Tenía quien le escribiera una vida...
Ella estaba sentada delante de su casa y no percibió cómo una gran hojarasca le iba absorbiendo poco a poco, hasta mimetizarla con el paisaje de su existencia.
Tenía quien le escribiera su vida...
Yo la vi sentada delante de su casa. La vi sentada junto a ese árbol, árbol por laberinto, donde su ancestro desapareció atado con una soga, la soga del náufrago, el náufrago en su mala hora, la mala hora de su muerte, ya anunciada.
Tenía quien le dijera que se escribiera a sí misma…
Ella, la que estaba sentada delante de su casa, y que no era otra que Mamá la Grande en su espectro, con los brazos caídos y una mirada extraviada en el infinito. Un infinito en soledad.
… porque somos únicos en este espacio del cosmos (y vivimos para contarlo).
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